La mayor parte de palabras que utilizamos provienen de otros idiomas, fundamentalmente del latín y del griego, pero también del árabe, como aceituna; del inglés, bumerán; del francés, chófer; o del germano, gualda.

Incluso nos llegan de lenguas más inesperadas, como el maorí, kivi; el acadio, zigurat, y el esquimal, iglú.

El resto son neologismos, términos que surgen para definir nuevos objetos o realidades.De la mayoría se pierde el rastro de su autoría, pero de otros ha quedado muy clara la constancia de su paternidad.

Por ejemplo, penicilina es una palabra que debemos a Alexander Fleming, como libido a Sigmund Freud y burocracia a Max Weber, que la ideó a partir del alemán büro, oficina.

En su libro El lenguaje de la publicidad, Eulalio Ferrer hace una lista de estas palabras que han tenido un dueño claro; aquellas que han sido descubiertas, inventadas o acuñadas por algunas personalidades ilustres del mundo de la cultura hispanoamericana. Cita, por ejemplo, a Quevedo y dos de sus hallazgos, suegrería y deshombrearse.

A Unamuno, que creó yoización y nivola, neologismo con el que definió sus propias obras, para alejarlas de las tradicionales novelas.

También cita a Ortega y Gasset, autor de aspirinizar y verbipotente, mientras que Octavio Paz ideó soledumbre y polvóreo.

Son igualmente curiosas las aportaciones de Neruda, crepusculario; Cela, gluteofobia, o Carlos Fuentes, pepsicóalt, una suerte de animal mitológico.

Hay más: Ramón Gómez de la Serna inventó moribundia; Antonio Machado, otredad; García Márquez, un verbo, palabrear, y el flamante premio Cervantes de este año, el escritor mexicano José Emilio Pacheco, que viendo la habilidad de algunos gobernantes pasó de emperador a empeorador. Todo un hallazgo.

Fuente: muyinteresante.com

Leído en periodicodigital.com

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