Vivir sin comas

Los romanos no usaban comas, ni puntos, y no les fue tan mal, así que por qué escandalizarse si en Columbia anuncian que escribiremos sin puntuar (y que qué más da).

Tipografía-Española‘Tipografia Española’, procedente de la Imprenta Real

La costumbre es fuente de Derecho, sobre todo en el lenguaje. Y la costumbre que nos puede a todos es la de la pereza, la de no poner el punto al final del mensaje del móvil, la de olvidarnos de las comas después de los vocativos, la de saltarnos el signo de interrogación de apertura. Hasta aquí, todo es más o menos obvio. Lo nuevo es que un profesor de la Universidad de Columbia, John McWhorter, ha dicho que claro que van a desaparecer las comas y que tampoco pasará nada el día que eso ocurra, que los idiomas pueden funcionar perfectamente bien sin guardias de tráfico. Y todos los que leemos periódicos y nos tenemos por gente leída, los mismos que escribimos en el móvil como animales que cocean, nos sentimos escandalizados.

«Posible sí es posible. De hecho, en los textos latinos clásicos no había signos de puntuación, ni acentuación gráfica ni siquiera un sistema de reglas para diferenciar mayúsculas y minúsculas», explica Salvador Gutiérrez, académico de la RAE y director de la Escuela de Gramática Emilio Alarcos Llorach la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. «Sin embargo, la aparición de estos sistemas representó un innegable avance en la escritura. Eliminarlos, representaría un evidente retroceso».

Historia de la puntuación

Los que no hemos estudiado Filología volvemos a gemir. ¿No están las comas desde siempre? «No, no las ha habido siempre. Los primeros intentos de puntuar los textos son de Aristófanes, que ponía marcas en sus textos. En la Edad Media hubo más tentativas. Los escribanos empleaban un punto en lo alto para marcar el final de un periodo, un punto en medio para separar unidades gramaticales menores y un punto bajo, que ya llamaban coma, para separaciones más pequeñas». El que habla ahora es Leonardo Gómez Torrego, filólogo del CSIC y miembro del Consejo Asesor de la Fundación del Español Urgente, Fundéu-BBVA.

«Esas tentativas de puntuación estaban en función de las pausas en la pronunciación, y claro, las pausas son muy libres, cada uno las hace como quiere», continúa Gómez Torrego.

«Con la imprenta, los intentos se hacen más serios», continúa Gómez Torrego. «Nebrija, por ejemplo, estuvo en esa tarea, aunque era demasiado ortodoxo, estaba muy pegado a la tradición clásica, y fue muy tímido. En realidad, toda la puntuación fue muy tentativa hasta que apareció la Real Academia Española. En el siglo XVII ya había comas, puntos y puntos y comas».

«A partir de ahí, el trabajo se fue perfilando poco a poco, la puntuación dejó de estar en función de la entonación y tomó la función de desambiguar: evitar que hubiera ambigüedades semánticas en los textos, primero; separar los elementos sintácticos, después…».

Y ahora que ya estamos presentados, ¿es verdad que la puntuación es una zona gris del idioma, de los idiomas? Se podría pensar que, ya que lo normal es puntuar mal, ¿no será que la norma es demasiado severa? Volvemos a lo de la costumbre como fuente de Derecho. «El sistema [de puntuación] no llegó a estabilizarse más que a lo largo de los siglos XVIII y XIX, a través de formulaciones de la Real Academia Española que, a su vez, seguían el criterio de los buenos autores», explica en un correo electrónico Pablo Jaulalde, catedrático de Literatura Española de la Universidad Autónoma de Madrid. «La estabilidad histórica en la lengua no existe nunca, por tanto esa relativa estabilidad [del sistema de puntuación] sufre de embates diferentes, que en estos momentos son muy fuertes. Al tiempo que cambiaba el sistema variaban las normas y la teoría». Y continúa: «En general se puntúa mal, muy mal, porque la enseñanza de este aspecto de la lengua no suele darse. En mi facultad y universidad puntúan rematadamente mal los decanos, los rectores, los profesores de lengua… Eso va en la desidia general hacia la educación y la cultura».

Aguantar la presión

O sea, que sí, que hay viento fuerte. Pero: «En modo alguno hay que cambiar las reglas», añade Salvador Gutiérrez. «Las reglas de puntuación no son en sí mismas difíciles. Exigen más tiempo y se asimilan algo más tarde porque están muy ligadas a la comprensión de las estructuras sintácticas». Y Leonardo Gómez Torrego se apunta: «La puntuación cuesta porque lo bueno cuesta, pero las normas son necesarias. Hablamos de que es un signo de los tiempos, de que vivimos una época que requiere concisión. Pero es que la puntuación está para eso, para ser preciso. Yo he sido profesor y sé la diferencia que hay entre corregir un examen bien puntuado y uno mal puntuado». Y termina: «No creo que sea una batalla perdida; están las nuevas tecnologías, pero también somos muchos, muchas instituciones trabajando».

Otra cosa es que la normativa siempre vaya por detrás de los usos: «El sistema de puntuación nunca sirvió exclusivamente para la expresión oral», explica Jauralde, «sino para ordenar sintácticamente el lenguaje escrito, lo que a veces coincide (en los puntos, por ejemplo) con marcas del lenguaje oral y otras no. La coma no indica siempre una pausa (ni una sinalefa, ni un silencio, etcétera). Es uno de los errores en los que ahora va entrando la RAE y que, por cierto, no suele estar en las [normativas] del siglo XIX. De manera que para el lenguaje oral el sistema de puntos y comas es impertinente, como puede observa cualquiera cuando habla. Solo es pertinente cuando se realiza oralmente un escrito (cuando se lee) o cuando se proyecta por escrito algo que hablas (escribes)…». Y una coda a esta idea: «Efectivamente se viene produciendo (¡pero en el lenguaje escrito solo!) exceso de comas, sobre todo en nuestros clásicos (por ejemplo en los Quijotes que nos dan a leer ahora)».

La última normativa para el gallego, por ejemplo, da libertad para que los hablantes usen o no los signos de interrogación y de exclamación de apertura, viejo invento español. «La Academia recomienda su uso desde 1754, aunque, al parecer, no fue habitual hasta el siglo XIX. Responde a la entonación que hacemos en español cuando hacemos una pregunta, que empezamos a preguntar desde el principio de la frase, y eso es algo que no ocurre en otros idiomas… Hombre, yo también me salto algúna interrogación de entrada cuando escribo en el móvil. No me parece imposible que con el tiempo los signos de interrogación y de exclamación de apertura terminen desapareciendo».

Última pregunta: ¿es el español un idioma de puntuación puñetera? «El español tiene el sistema de puntuación más nítido, más claro y más moderno de todos los idiomas de nuestro entorno», explica Gómez Torrego. «El capítulo sobre puntuación de la última Ortografía de la RAE es espléndido. Pero la puntuación no es objetiva ni estricta. Hay margen para que cada uno escriba con una puntuación más abierta o más trabada».

Y más en esa línea: «El sistema de puntuación ni está cerrado ni es matemático. Un mismo texto extenso casi siempre se puede puntuar de varias maneras, pero no de todas ni de cualquier manera. [...] Los modelos de mejor puntuación siguen estando en los buenos escritores, mejor que en normas y gramáticas», termina Jauralde.

Fuente: Luis Alemany | El Mundo

Viaje por Europa a la última frontera de las palabras: ¿de dónde viene “oso” o “rosa”?

“La lengua es el mapa de carretera de una cultura. Le dice de dónde vienen y hacia dónde van sus representantes”. Esta evocadora cita de la autora estadounidense Rita Mae Brown se viene a la mente ante estos fascinantes mapas etimológicos europeos.

En los mapas que siguen, publicados por el usuario de Reddit SP07 y recogidos por el portal Business Insider, se aprecia de un vistazo el origen etimológico de varias palabras de uso común en países europeos.

En el caso de la palabra “iglesia” el mapa refleja claramente la influencia de griego antiguo.

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Sin embargo, en la distribución geográfica de la palabra “oso” se percibe la influencia de Rusia, donde se puede encontrar la mayor población de oso pardo en Europa. También muestra que la palabra dominante significa, literalmente, “comedor de miel”.

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Otro usuario de Reddit hace notar que “pi” es un prefijo de “cerveza” en varios países europeos, mientras que “pi” en el vocablo usado en chino mandarín para designar la cerveza, 啤酒 pi jiu, es un préstamo de Europa.

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El origen de la denominación de “manzana” es muy diverso: es interesante observar cómo, por ejemplo, en Finlandia y Estonia esta palabra podría tener origen indo-iraní.

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La etimología de la palabra “naranja” es muy curiosa. En el oeste su origen se remonta al sánscrito, mientras que en gran parte del este y el norte de Europa proviene de una palabra que significa “manzana de China”.

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“Garoful”, palabra griega que significa “rosa”, sólo se ha conservado en el noreste de Italia.

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En la mayor parte de países europeos la denominación de “piña” proviene del guaraní, lengua indígena de América del Sur, mientras que a Reino Unido (y en consecuencia a EE.UU.) la palabra llegó del latín.

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La palabra té, al igual que la planta, proviene de China, a excepción de algunos derivados del latín en el este de Europa.

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Fuente: RT Actualidad

El selecto club de las palabras que han sobrevivido por 15.000 años

Son 23 términos como “mamá” y “fuego” que han perdurado casi intactos y con bastantes semejanzas en los centenares de idiomas que hoy operan en el mundo. Su existencia habla de un idioma que funcionó como un ancestro común

por José Miguel Jaque/ Ilustración: Rafael Edwards | La Tercera

evolución-lenguajeAunque suene como una idea de una película de ciencia ficción, si usted tuviera la oportunidad de viajar al pasado y escuchar una conversación de los cazadores-recolectores de la última Edad de Hielo es probable que lograse entender el sentido de lo que hablan. ¿La razón? Las frases que ellos utilizaban estaban compuestas por un núcleo de palabras tales como “hombre”, “mano”, “fuego”, “escuchar” y varias más que han sobrevivido casi sin cambios durante 15.000 años. A esta conclusión llegó un equipo de expertos liderados por Mark Pagel, profesor de biología evolutiva de la Universidad de Reading, Reino Unido, que logró identificar 23 sustantivos, verbos, adjetivos y adverbios considerados términos “ultraconservados” y que se han mantenido como base de los casi 700 idiomas que hoy existen en el mundo.

Todo un hallazgo, si tomamos en cuenta que hasta ahora los investigadores consideraban que las palabras no sobreviven más de nueve mil años debido a su evolución semántica y erosión fonética. De hecho, los análisis del mismo Pagel señalan que 500 mil idiomas han surgido y desaparecido desde que aparecieron los primeros humanos.

Así es. Y por más que pensemos que términos universales y parecidos como pater (latín) o padre (español) pudieran permanecer con el mismo significado con el correr de los siglos por el simple hecho de tener un sonido similar, hasta ahora no se había logrado probar estadísticamente esa relación. Quentin Atkinson, investigador de la U. de Auckland (Nueva Zelandia) y coautor del estudio, cuenta a Tendencias que algunos estudios habían intentado afirmar que hubo un ancestro común de todas las lenguas humanas que existió hasta hace 60 mil años, pero había sido imposible pasar más allá del factor “casualidad” para explicar la similitud del lenguaje. Hasta ahora.

Así como el proyecto Genographic creó un mapa de la migración humana, mediante el análisis del ADN y la reconstrucción de las rutas migratorias de nuestros primeros ancestros, una de las interrogantes en la cabeza de Pagel era si la evolución del lenguaje se comportaba igual que la de los genes. El nuevo estudio parece comprobar esta idea: la lista de palabras identificadas -que también incluye términos como “ceniza”, “madre” y “que”- sugiere que hasta hace 15.000 años existía una especie de lengua euro-asiática que fue el ancestro común de las lenguas que hoy hablan miles de millones de humanos.

“Sí, el lenguaje y la evolución biológica tienen un gran número de paralelos y en muchos casos se utilizan las mismas herramientas y métodos para estudiar ambos. Los idiomas evolucionan a través de un proceso de descendencia con modificación parecido a los sistemas genéticos”, responde a Tendencias Andrew Meade, profesor de la Universidad de Reading y parte del equipo de Pagel.

Términos comunes

Pagel y sus colegas tomaron en cuenta sus investigaciones previas donde habían realizado un seguimiento de qué tan rápido cambian las palabras en lenguas modernas. Ahí habían establecido que los diferentes tipos de palabras evolucionan a ritmos diferentes, dependiendo de qué parte de la oración ocupan (pronombre, verbo, sustantivo o adverbio) y de la frecuencia en que aparecen. Además, concluyeron que la diferenciación lingüística es muy rápida: luego de que un puñado de humanos se separa de su grupo original, se necesitan sólo 500 años para que un lenguaje dé origen a dos.

En esta ocasión, su material de partida fueron 200 palabras que, para ellos, forman parte del vocabulario base de todas las lenguas. Luego buscaron los “cognados” -términos que comparten ascendencia y significado en distintos idiomas, como las variantes de “padre” en inglés (father), francés (pere) y sánscrito (pitar)- de esas palabras en cada una de las siete familias de la lengua euro-asiática. Entre esas siete familias están la lengua indoeuropea (a la que pertenecen la mayoría de los idiomas de Europa y Asia meridional, incluyendo el español, el inglés, el alemán, el francés, el ruso o el griego), la dravídica (del sur de la India y algunas áreas de Pakistán) o la altaica (propia de Turquía).

Para esta búsqueda, analizaron con qué frecuencia aparecen hoy esas palabras en las conversaciones y la función gramatical que cumplen. El equipo de Pagel encontró que las palabras pronunciadas por lo menos 16 veces al día por una persona común y corriente tenían mayores posibilidades de ser cognados en, al menos, tres familias lingüísticas. Así concluyeron que las palabras que aparecían con mayor frecuencia se han “desgastado” más lentamente, por lo que su significado y su sonido podrían ser parecidos a los originales. “Tomamos ese marco estadístico para predecir las palabras que se han desarrollado tan lentamente que pueden haber durado el tiempo suficiente para haber sido retenidas entre las familias lingüísticas de Eurasia”, comentó Pagel a Deutsche Welle.

Es primera vez que los lingüistas logran trazar un origen común para lenguas tan dispares. Y acordaron llamarlo lenguaje “protoeuroasiático”, cuyo origen estaría en los actuales Turquía e Irak. Pagel comentó que nunca hemos escuchado ni una palabra en esta lengua, ni está escrita en ninguna parte, pero fue hablada alguna vez alrededor del fuego por nuestros antepasados.

Que fluya el fuego

El equipo de Pagel halló que los 23 términos en la lista de palabras “ultraconservadas” son cognados en cuatro o más familias lingüísticas. Pero hay una que se repite en las siete familias: “thou” (tú, pronombre). Los otros pronombres son “yo”, “nosotros”, “ustedes” y “quién”. Los sustantivos son “hombre”, “mamá”, “mano”, “fuego”, “corteza”, “ceniza” y “gusano”. Los adjetivos: “eso”, “este”, “viejo” y “negro”. Los verbos que aparecieron son “dar”, “escuchar”, “sacar”, “fluir” y “escupir”. Y los adverbios “no” y “qué”.

Una de las palabras que más sorprendió a los investigadores fue “corteza”. Simple: no es un término que salga con frecuencia en un diálogo cotidiano. “He hablado con algunos antropólogos y dicen que la corteza jugó un papel muy importante en la vida de los que habitan los bosques de cazadores-recolectores”, comentó Pagel a The Washington Post. Así es. Con las cortezas tejían cestas, trenzaban cuerdas, las usaban como combustibles para el fuego y hasta tenían uso medicinal.

También les sorprendió que apareciera “escupir”. La explicación es que el sonido de esa palabra es tan expresivo como la acción de hacerlo, casi onomatopéyico, por lo que se entiende que simplemente el término no evolucionó en todos estos años. ¿Podríamos pensar que esta técnica es la llave para rescatar las lenguas? Sería ideal. Más, si pensamos que algunos estudios plantean que 90% de las lenguas que hoy existen habrá desaparecido en 2050, debido a la globalización. Pero los investigadores ponen paños fríos. “Será muy difícil ir más allá de eso. Aún estas palabras que evolucionan lentamente están empezando a perder fuerza”, dijo Pagel a LiveScience.

Las palabras más feas del castellano

El diccionario español contiene muchos vocablos que los internautas consideran cacofónicos

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En el extenso vocabulario recogido en el diccionario de la Real Academia Española podemos encontrar muchas curiosidades. Entre ellas, las palabras más largas –electroencefalografista, con 23 caracteres– o los vocablos cotidianos que son marca registrada – por ejemplo, jacuzzi–. Por supuesto, también hay un hueco para las «palabras feas», bien sea por su significado o por la unión de letras que no suenan del todo bien a nuestro oído.

Internet es un hervidero de foros sobre cuáles son las expresiones menos agraciadas del castellano. De hecho, se puede encontrar un grupo en Facebook dedicado a esta temática. Y parece que las opiniones son de lo más variopintas. Para la realización de este artículo –sin validez científica alguna– se seleccionaron las palabras que los internautas solían destacar como malsonantes. Con ellas, se elaboró una encuesta sobre cuáles eran, de entre las opciones, los vocablos más feos. ¿El resultado? Muy llamativo. En la primera posición del ranking aparece «seborrea» –39 por ciento de los votos–, un término que además de no sonar agradable conlleva un significado aún menos apetecible.

La medalla de plata se la lleva «boñiga» –21 por ciento–, seguida muy de cerca por otro vocablo que también se escribe con «ñ»: gurruño –20 por ciento–. Sin esta letra propia del castellano, aparecen varias de palabras que hacen referencia a enfermedades: escorbuto, colitis, diarrea o prurito están entre ellas. También términos relativos al organismo se hacen un hueco: sobaco, carraspera, inguinal y ganglio.

Pero no todas las palabras están relacionadas con aspectos poco saludables o referentes al cuerpo humano. Los encuestados quisieron añadir a la lista proporcionada algunos términos que no aparecían en el ranking y que consideraban malsonantes. «Catacumba», «petulante» y «recoveco» también quedan recogidos entre algunos de los vocablos elegidos por los internautas como los más cacofónicos del castellano.

Fuente: Aurora Vasco | ABC

¿SÓLO O SOLO? CONOZCA LAS PALABRAS QUE YA NO LLEVAN TILDE

En la última edición de la Ortografía de la lengua española, 2010, quedaron eliminadas definitivamente las siguientes tildes:

La del adverbio sólo, que equivale a ‘solamente’, “solo me gustan las rubias”. La del adjetivo, que equivale a ‘no acompañado’, nunca se ha marcado, “Pedro vive solo desde los 17 años”.

La de los pronombres éste, ése, aquél y sus femeninos y plurales, “este se consigue en los EE. UU.; ese, en España, y aquel, en la Argentina”. La de los adjetivos nunca se ha marcado, “este teléfono se consigue en los EE. UU.; ese reloj, en España, y aquel balón, en la Argentina”. ¡Ojo! Siempre se tildan los verbos está, esté, estás, “aunque está claro que estás donde ella está…”.

La de la conjunción ó al lado de cifra, “tiene 44 o más”, “apartamentos de 3 o 4 alcobas”. En los demás casos nunca se ha marcado, “garaje o depósito”, “Lucrecia o Viviana”.

Las de monosílabos como guión, truhán, Sión, “aunque estuvo en el monte Sion, es un truhan que no quiso hacer el guion”.

Ya en 1999 se habían eliminado las de otros monosílabos como rió, “ella se rio ayer”; guió, “él los guio hacia la cumbre”; fió, “no les fio ni a sus amigos”; lió, “se lio su cachito diario”.

Y también las de verbos tildados a los que se le agrega pronombre enclítico, déle, “dele gusto a su paladar”; dispónte, “disponte a presentar tu mejor prueba”; tiráme, “¡flaca, tirame un hueso!”.

Y en 1952 se habían eliminado las de monosílabos como fé, fué, fuí, dió, vió, y las de palabras graves con el diptongo ui, como construído, destruído, imbuídos, fluídas, jesuítas.

Fuente: Fernando Ávila | Fundéu

El origen más remoto del español se encuentra en Turquía, hace 9.000 años

Esta hipótesis sobre el origen del indoeuropeo es señalada en una investigación de la revista “Science”

Hay dos hipótesis que compiten para explicar dónde, cuándo y cómo se expandió la primera lengua indoeuropea, si es que se puede hablar con propiedad de la «primera lengua indoeuropea». La explicación convencional, y probablemente más admitida hasta ahora, sitúa la raíz madre del indoeuropeo hace unos 6.000 años en la zona esteparia entre la Europa suroriental y el Asia central. Una versión alternativa es que el «protoindogermánico» o «protoindoeuropeo» nació no muy lejos de allí, en Anatolia, en la actual Turquía, junto al mar Negro, y que se expandió con el desarrollo de la agricultura (aunque no solo por este motivo) entre el 8000 y el 9000 antes de Jesucristo. Es decir, en la misma época en que las mejores cronologías bíblicas nos dicen que vivieron Caín y Abel, y mucho antes de la llegada de nuestro padre Abraham a la Tierra Prometida (en torno al 1850 antes de Cristo).

La segunda hipótesis del origen del indoeuropeo (en Anatolia y hace entre 8.000 y 9.000 años) es la que ahora apuntala una investigación que publica la revista especializada «Science» en su último número.

El español, como el inglés, el francés, el alemán, el ruso, el polaco, el persa, el hindi…, y también lenguas antiguas como el latín clásico, el griego clásico, el sánscrito…, todas ellas, son lenguas indoeuropeas, una de las familias más prolíficas del mundo, que en sus versiones modificadas actuales se habla en puntos tan distantes como Islandia de Ceilán.

La «protolengua»

Lo que llamamos indoeuropeo es una «protolengua», una lengua no documentada, una hipótesis con la que se explica el origen de otros idiomas.

Cuando los británicos se asentaron en la India, durante el siglo XVIII, observaron certeramente el parentesco entre el habla de allí y las lenguas occidentales. Por ejemplo, especialmente similares encontraron los nombres de los números, que eran palabras de uso muy frecuente en el comercio. Las designaciones indias «asta» y «nava», parecían calcos del latín «octo», «novem», o al revés. Concluyeron estos británicos, también acertadamente, que esos parecidos no podían ser un mero producto del azar.

En el siglo XIX ya se establecieron comparaciones más fiables en Europa, a la que llegaban manuscritos de distintas lenguas. Empezaron a hacerse estudios serios comparativos del hindi, el latín, el griego, las lenguas eslavas, el armenio, etc. Nació la gramática comparada, y más en concreto la indoeuropeística, que en España, actualmente, cultiva el profesor Francisco Rodríguez Adrados.

El modelo de Bayes

Volviendo a la revista «Science». Los autores del artículo en cuestión han empleado métodos estadísticos de inferencia del matemático Thomas Bayes, técnicas de la «filogeografía» (el estudio de los procesos responsables de la distribución geográfica de los individuos) y de la «filogenética» (distribución geográfica según modelos asociados con la procedencia genética). Al cóctel anterior han añadido el vocabulario básico de 103 lenguas antiguas y modernas indogermánicas.

Con ello, y la adecuada elaboración, evidencian el modelo de expansión de las familias de las lenguas indoeuropeas y hallan indicios decisivos que sitúan al indoeuropeo en Anatolia en un momento que casa con la expansión de la agricultura (entre el 8000 y el 9000 antes de Jesucristo). Según los autores del trabajo, sus resultados ponen de manifiesto el papel crucial que la inferencia «filogeográfica» puede jugar para resolver debates sobre la prehistoria.

El método que han adoptado Remco Bouckaert, de la Universidad de Auckland, en Nueva Zelanda, junto a Philippe Lemey, Michael Dunn y otros colegas (que son los que firman el artículo de «Science»), ya se emplea en la biología evolutiva para establecer familias genéticas basadas en similitudes de ADN, o para rastrear el origen en la expansión de un virus.

La novedad de este artículo de «Science» es que en lugar de comparar especies, los autores han comparado lenguas indoeuropeas, y en lugar de ADN, han buscado palabras afines, con una raíz etimológica común, como «mother» en inglés, «Mutter» en alemán y «madre» en español.

Información espacial

Bouckaert y compañeros concluyen su artículo en estos prometedores términos: «La ‘filogenética’ de la lengua proporciona conocimiento en profundidad de la historia cultural de sus hablantes. Nuestro análisis de las lenguas indoeuropeas antiguas y contemporáneas muestra que esos conocimientos se pueden hacer incluso más poderosos incorporando de forma explícita información espacial».

Últimamente se habla mucho de la importancia de trabajar en equipo, especialistas de distintas disciplinas, para llegar a buenos resultados. Esta investigación sobre el origen del indoeuropeo va en esa línea, la de la multidisciplinariedad.

«La lingüística ‘filogeográfica’ nos capacita para situar la historia cultural en el espacio y en el tiempo. De esta manera, nos proporciona un marco analítico riguroso para la síntesis de los datos culturales, genéticos y culturales», se subraya.

Fuente: José Grau | ABC        24/08/2012

¿El primer signo de interrogación de la historia?

El origen exacto del signo de interrogación constituía algo parecido a un misterio. Hasta ahora. Un académico de la Universidad de Cambridge identificó lo que, asegura, es la versión más antigua de este signo.

El doctor Chip Coakley lo encontró en manuscritos en siríaco del siglo V. Y se trata de un símbolo con una forma similar a la de los dos puntos.

El siríaco, que llegó a ser el principal lenguaje literario de Medio Oriente, es un dialecto del arameo, lenguaje utilizado entre los siglos III y VIII.

Coakley, de la Biblioteca de la universidad inglesa, estudió documentos que la Biblioteca Británica tiene en su haber desde la época victoriana, en el XIX.

Lo que hoy se sabe sobre el siríaco, dice Vincent Dowd -periodista de arte de la BBC-, surgió mayormente de los manuscritos adquiridos por el Museo Británico de Londres en la década de 1840 en Egipto.

Coakley ha estado estudiando el rol de este particular símbolo en textos bíblicos.

Y su investigación parece probar que aparecía al comienzo de las oraciones que eran preguntas.

El académico asegura que el signo, conocido por los estudiosos como zagwa elaya, podría haber servido de recordatorio a quien leyera la Biblia en voz alta para que use una entonación de interrogación.

Eso lo convertiría en el ejemplo más antiguo del concepto del signo de interrogación.

En latín o griego, por ejemplo, no apareció hasta el siglo VIII.

El origen de nuestro signo de interrogación se remonta a la palabra del latín quaestiō (pregunta), el cual comenzó a ser abreviado como Qo, para indicar una pregunta. Con el paso del tiempo, esta abreviación dio origen al signo de cierre de interrogación (?).

BBC Mundo 26/07/2011

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